De la música y los demonios

En materia de gustos y modas hay mucha tela por donde cortar. Cada época tiene su propia manera de expresar lo que desea decir, en eso creo que todos podemos estar de acuerdo. Y claro está, lo mismo ocurre con la música, sus ritmos y el contenido de sus letras. Hoy se escuchan constantemente ritmos controvertidos, y maneras de decir directas, con un lenguaje que se aleja de las metáforas poéticas. Muchos los critican y condenan como si estuvieran en presencia del antiarte, y otros los defienden con pasión. Y yo quiero compartir con usted algunas reflexiones nacidas luego de leer un artículo escrito por Liliana Casanella, del Centro de Investigación de la Música Cubana y publicado en La Calle del Medio, mensuario de Prensa Latina.
Hablamos de la música popular cubana, de algunas de sus manifestaciones y de sus defensores y detractores. En tal sentido escuche este fragmento de una crítica publicada en un periódico habanero: “La poesía que se emplea en las canciones de esta especie, acompañadas de un tono fastidioso, a pesar de ser la más soez, insolente y sin gracia alguna, sirve de diversión a muchos y muchas, aún las muy honradas, que las oyen con indecible gusto y sin el menor escrúpulo de conciencia. Es incalculable lo que cunden estos cantares que no tienen más mérito ni aliciente que el de las indecencias en que van envueltos y éste jamás podrá serlo sino para las almas enteramente corrompidas y entregadas al vicio y al abandono de todo pudor.”
Una crítica amarga que nos recuerda muchas opiniones que usted pudo haber escuchado ayer mismo en cualquier parte. Y si algo le llamó la atención en el lenguaje del texto, o en su manera de expresarse, se debe a que fue escrito por Buenaventura Ferrer en un número del Regañón de la Habana, que circuló en algún luminoso día del siglo 18. Así que la polémica acerca de la calidad de algunas manifestaciones de nuestra música popular puede estar durando ya nada menos que doscientos y tantos años.
Al parecer la preocupación acerca de la calidad de las letras y de la música popular ha estado presente en diferentes épocas. Imagino que en un país tan musical como este, donde cualquiera saca un ritmo con los dedos sobre una mesa, hayan proliferado siempre creadores con un gusto y una percepción de esa producción diferente de lo habitualmente aceptado, y como para gustos se han hecho los colores y también los ritmos musicales, pues esas creaciones también tuvieron siempre su público. Ocurre que en la música popular ha estado presente lo chispeante del pensar cubano, que usa recursos como el doble sentido, la omisión y sustitución de palabras y fuertes sugerencias dadas en el texto y la rima, como hizo en hasta no hace mucho el Guayabero, o más recientemente otros creadores
Es de esperar que otros creadores en otros momentos no alcanzaran la fuerza de esta expresión y dijeran lo que necesitaban expresar de un modo más directo y desenfadado. Y vea, en el artículo que le comenté al inicio, Liliana Casanella cita diferentes textos de diferentes épocas, todos críticos sobre piezas musicales en boga en aquellos momentos. Algunas de aquellas críticas, que datan del año mil 979, y mencionan directamente piezas popularizadas por agrupaciones del calibre de Iraquere y Van Van, o critican la proyección escénica de músicos como Tiburón Morales, y se preguntan “¿Qué gusto satisfacen esas canciones? ¿A quién van dirigidas?” Por cierto, el musicólogo chileno de nombre Juan Pablo González ha afirmado que “cualquier juicio valorativo generalmente nos dice más de quien opina y los conceptos y el lugar desde donde ofrece su discurso, que sobre lo que nos quiso decir respecto de la música.”
Debemos reconocer que en efecto, hay términos vulgares en las letras de la música popular hoy, y términos despectivos, y expresiones discriminatorias, especialmente contra la mujer, todo mucho más marcado en los reguetones con su lenguaje directo y su manera descarnada de decir. Pero habría que buscar cuales son las condicionantes sociales que generan estas expresiones, que no son un fenómeno puramente cubano ni mucho menos: Hay países donde se presiona por hacer cumplir una ley para frenar el desbordante uso de términos ofensivos, la incitación a comportamientos groseros y la drogadicción. O en otros existe una comisión que da el visto bueno a toda la música popular que se difunde en los medios.
Indudablemente, a las personas les asiste el derecho de consumir aquello que en materia cultural satisface sus necesidades. Ahora bien, ese derecho llega exactamente hasta donde comienza el derecho de los demás de satisfacer sus propias necesidades culturales, es decir, no son una autorización a violar las normas de convivencia, o de obligar a consumir lo que no está de acuerdo con el gusto o los preceptos éticos y morales comúnmente aceptados. En una época en la que la difusión musical se ha democratizado al extremo en que cada quien puede escuchar lo que desea en el momento en que le place, a partir de la miniaturización de una enorme variedad de reproductores del alta calidad, el papel de los difusores sociales, especialmente los medios de comunicación, debería estar más a tono con sus funciones, que coadyuvan a la educación y la formación de valores. Y esto se refiere a ofrecer espacios a lo mejor de todas las expresiones musicales, evitando lo chabacano y lo que puede resultar de mal gusto para aquel segmento de los oyentes o televidentes que no comparten ese modo excesivamente directo de decir. No es un tema de censurar, sino de visualizar y tener en cuenta esa tenue línea que separa lo popular de lo vulgar.

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