De visitas y amnesias

por Carlos A Gonce Socías
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La visita del presidente Obama a Cuba fue, tal como esperábamos, un acontecimiento que se inscribe en la historia de las relaciones entre los dos países como un paso adelante en el lento avance hacia la normalización a través de los escollos de la burocracia norteamericana y la resistencia de quienes se oponen a su actual política hacia Cuba.

El presidente norteamericano demostró ser una persona carismática, muy buen comunicador, con una depurada técnica de sugestión basada en su arte oratorio y en una elevada percepción del espectáculo en función de lograr los objetivos políticos trazados.

No me voy a detener en los elementos del discurso, o las omisiones e incongruencias del contenido debidamente ocultos tras una forma empática, pues ese análisis lo han realizado ya otros colegas de diferentes medios.

Pero me resultó llamativa su tesis acerca de la necesidad de olvidar el pasado. Una tesis que retomó durante su visita a la Argentina. Al parecer su política hacia la región se basa en dos pilares, el ya conocido de “América para los Americanos” y el de “Olvidar la historia para construir un futuro”.

Sólo que olvidar la historia en este caso significa no recordar a los enfermos, y en especial los niños, fallecidos por no contar con los medicamentos apropiados porque son producidos por compañías estadounidenses.

También significa olvidar las agresiones tramadas y realizadas desde ese país con apoyo de instituciones de ese gobierno

Es olvidarnos que hay un bloqueo que está presente y que él mismo reconoce que demorará en caer, bloqueo que mutila la economía cubana.

Obama nos dice que se debe ampliar la conectividad para cada cubano, pero nos llama a olvidar que Google, Aple, y otras tantas compañías niegan a los cubanos diferentes servicios informáticos y programas porque las leyes del bloqueo se lo imponen.

Los ejemplos son muchos más, y seguramente usted puede citar algunos otros.

Olvidar, como propone el mandatario estadounidense sería aceptar los golpes recibidos con la cabeza baja, y decirle al agresor mientras aún embiste: no importa, seamos amigos. Sería, en fin, renunciar a la dignidad de nuestro pueblo, y también a nuestra historia.

¿Entonces?

Entonces los pueblos norteamericano y cubano deben seguir acercándose, y los gobiernos tienen que llegar a normalizar las relaciones, pero sin olvidarnos de nada. Y la idea no es agriar el proceso, ni oponerse a nadie, es no permitir que nos ocurra lo que ya pasó hace poco más de un siglo. Porque el propio Obama ha admitido que ahora pretenden cambiar los métodos porque los anteriores no les funcionaron, pero para nada se olvidan de sus objetivos.

Precisamente para lograrlos es que nos proponen olvidar. Y ése no puede ser el precio.

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